Las redes sociales no son sólo un lugar de encuentro en el casi resulta
impensable no estar, o una forma de hoy de comunicarse. Cada perfil y cada
interacción son ya una extensión de la propia identidad.
Lo primero que hay que hacer al llegar a una red social es
rellenar los datos: completar un formulario, elegir un nickname, un avatar... definirse, elegir qué nos representa mejor a cada uno. Como si fuera tan fácil. Pero el proceso no acaba aquí: después, el hecho de seguir a cierta gente,
aprobar o criticar determinado producto o contenido continúa matizando esa
definición.
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Origami Shadow Art - Kumi Yamashita |
Por si fuera poco, está el contenido propio que cada uno
publicamos, ofreciendo nuestro punto de vista. Y sí, puedes hablar sólo de un
tema determinado desde una cuenta con tu nombre pero, ¿qué dice eso de ti? ¿Que
sólo vives para tu trabajo? Así que muchos hablamos de nuestra vida, de lo
que pensamos, de lo que nos interesa, de lo que hacemos. Ya no es definirnos,
es crear un discurso sobre uno mismo, narrar poco a poco la historia de la que
cada uno de nosotros es el protagonista –con mayor o menor legitimidad o
interés como para ganarnos ser protagonistas de una historia que merezca ser
contada, pero en fin–.
Eso lleva, necesariamente, a una estilización en lo que se
cuenta, una idealización de la vida de cada uno.
Porque no es suficiente contar que acabas de tomarte un
café con Fulano o que acabas de ver tal película. Para que sea interesante –necesitamos
que sea interesante para contarlo a los demás y sigan nuestra historia pero…
¿por qué narices sentimos la necesidad de contar algo así?– hay que darle un plus, un valor añadido:
declarar que ha sido una maravillosa conversación, sumarte puntos porque Fulano
es alguien con cierto prestigio, porque haces una crítica mordaz y original de
la película, o quizás simplemente lo haces interesante porque lo cuentas con
gracia, independientemente del contenido.
Repítase el ejercicio con cada detalle o pensamiento que se
cruce por la mente.
Esto acaba siendo una forma de hacer interesante la propia vida
de cada uno, aunque haya que forzar la historia un poco a veces. Interesante
para quien lo lea pero también para uno mismo, porque supongo que acabamos
recordando las cosas según decidimos contarlas finalmente. Y, como cada
historia que se cuente, debe satisfacer unas expectativas, incluidas en este
caso, las del propio narrador y, a la vez, protagonista de la historia.
Obviamente, hay niveles dentro de todo esto de
profundización y compromiso. Pero me centro en los que me resultan más interesantes.
Eso provoca que cada encuentro tenga necesariamente que ser
inolvidable, por unos motivos o por otros, las fotos de tus fiestas dejarán
claro que ése y no otro era el momento y el lugar donde había que estar –fotos
a las que, además, aplicarás un filtro de Instagram, dotándolas desde el minuto
cero de un espíritu de nostalgia, como si ya echaras de menos esa diversión,
real o no… aunque ese momento no haya terminado aún–, que tus amistades sean
las más verdaderas o las más traicionadas, que cada tristeza o torpeza que
confieses busque encontrar la empatía de quien te lea… Cuántas situaciones no
se habrían dado jamás si no fuera por el placer de contarlas después. Podrás
demostrar, si lo pretendes, que tu vida está llena y, si hace falta,
permanecerás en silencio, sin hablar ni contestar, un sábado por la noche
aunque estés en casa, y el domingo esperarás a mediodía para dejar caer que
quizás te molesta una resaca que, según los baremos de lo que mola, debes
tener. Lo que haga falta por ser coherente con tu discurso, con tus
expectativas, con lo que quieres recordar de estos días de tu vida.
Aplíquese con los estándares vitales correspondientes.
Sin embargo, a pesar de todo esto, por alguna razón, hacemos
un pacto absurdo de sinceridad. Todo el mundo miente, claro, pero aún así,
muchos contamos cosas que no diríamos en circunstancias normales. Aquí no hay
necesidad de decírselo a nadie en concreto, de importunar a quien sea con un
sentimiento atravesado, aunque a cambio seamos capaces de confiárselo a
internet entero. Hay una especie de deuda a la hora de contar, de dejar
constancia de lo que ha sido hoy tu vida, aunque sea de forma más o menos
críptica para la mayoría. Es como si, de no hacerlo, ese discurso sobre
nuestras vidas quedase incompleto.
Así, las redes sociales se convierten al mismo tiempo en
una forma de estar en el mundo –no estar es toda una declaración de
intenciones– y, a la vez, distinguirse de los demás. Debes dejar tu huella o tu
visión personal en cada evento que publicas para no ser uno más. Esto fuerza
muchas veces no sólo estar informado de lo que ocurre sino, además, tener una
opinión o una visión novedosa –¿novedosa? ¿En internet? Ja– sobre lo que sea.
Forman tu marca personal –sí, tiene también nombre en
inglés, “personal brand”–. Cualquiera que quiera contratarte te buscará y
estudiará todo lo publicado sobre ti. Y no sólo en LinkedIn o en otras redes
sociales temáticas de empleo. Estando como está el mercado laboral, hay que
demostrar más que nunca por qué debes tú ser contratado por encima de los miles
que hay como tú. Y, a poder ser, competir con ellos por algo que no sea
solamente el precio, porque en estos días siempre habrá alguien que lo hará
gratis –o por visibilidad, otra palabra de moda que, por si alguien tenía
dudas, no, no da para pagar el alquiler–. No vendemos solamente el triste folio
de nuestro curriculum con títulos y habilidades, sino todo un paquete de
experiencias y opiniones, además de aportaciones, reputación, influencia sobre
los demás… y hay que demostrarlo continuamente.
A la vez, cada interacción que se haga aparte del contenido
dice mucho de cada uno. Es prácticamente diplomacia. Cada “me gusta”, cada
retuit. Pueden ser sinceros, claro, pero siempre teniendo un ojo en una
clasificación, más o menos visible, de quién eres y dónde estás en el mundo.
Esto hace perder la perspectiva en ocasiones, estas redes viven mucho de la
autorreferencia –un chiste en Twitter dice: “tres tuitstars entran en un bar y nadie les invita a nada”–, porque
además aquí es el ego y el nombre de cada uno lo que está en juego.
De esta forma, se mezclan
todo el tiempo lo personal y lo profesional. Hay quien lo tiene muy separado, quien
vive en un perfil anónimo o quien tiene dos cuentas de Twitter… pero hay
profesiones en las que no es nada fácil. Además, es cierto, es un escaparte
para demostrar lo que no daría tiempo en una entrevista de trabajo normal y es
bueno aprovecharlo. De modo que se hace necesaria una responsabilidad y un
autocontrol que no se pueden descuidar. Porque todo forma parte de tu “personal
brand”, de la que no te puedes despegar ni puedes dejar de alimentar. Porque si
no, te pierdes en el océano de la mediocridad. Y ninguno estamos dispuestos a eso.