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Reflexiones esporádicas sobre el mundo en general desde una edad en particular – Elena González de Sande
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martes, 7 de mayo de 2013

Generación Instagram – Nostalgia anticipada


Con motivo de mi foto número 500 en Instagram. Quinientas fotos, se dice pronto. Así que reflexionemos, sin hacer reviews de la aplicación, que ya hay muchas, de lo particular a lo general... o lo que a mí me parece que podría ser lo general.

Mi foto 500. – @eteiss
Como siempre, empecé en esta red social sin pensarlo mucho, sin un objetivo estratégico, sólo quería mostrar lo que me parecía en cada momento: así soy y así quiero “venderme”. De modo que entre esas fotos tengo lo excepcional –y lo envidiable, claro–, como mis viajes al fin del mundo, o lo cotidiano, en un intento más o menos fallido de mirar de otra manera a lo de todos los días. Y la tontería pura, claro.

Y empecé casi sin darme cuenta. Porque Instagram es fácil. Y rápido. No hay tiempo para la pereza, y para mí esto es clave para aguantar tras el impulso inicial al entrar en una red social nueva –¿Superficial? Quizás. Pero clave–. Además, tiene lo que más llamativo resultó en un principio: los filtros. Porque ni siquiera hace falta pararse a retocar las fotos manualmente. Qué tontería y qué forma de subir la moral. No tengo mejor forma de hablar de esto que remitiros a esta noticia de El Mundo Today.

Pero voy adonde quería ir: como dije en La historia de mi vida en las redes sociales, con esta mezcla de inmediatez y apariencia retro, en muchas fotografías de los usuarios a los que sigo, quizás en las mías también a veces, se produce un fenómeno curioso –una vez más, no todo el mundo responde a esto que cuento, pero prefiero cerrar el foco y hablar de lo que creo un planteamiento interesante–: la nostalgia anticipada.

Todas las fotografías, en general, al congelar un momento único, pasado por definición, que nunca volverá a ocurrir, acaban teniendo ese efecto de demostrar, casi desde el mal gusto, que ya nunca volverás a ser tan joven como en ese instante, o tan ingenuo, tan ignorante, tan limpio, porque aún no te habías enterado de tal cosa ni habías tenido que vivir tal otra. Pero esos significados se añaden con el transcurso del tiempo.

Sin embargo, en Instagram, las imágenes tienen ya, desde el momento en que son tomadas, esa nostalgia incorporada, anticipada, imposible de separar de la propia imagen. Porque, mientras se quiere imitar visualmente a las fotos antiguas, valiosas, frágiles e irrepetibles, se está retransmitiendo, compartiendo lo fotografiado casi en directo... y, desde que se aparta la mirada del teléfono al terminar de publicar la foto y se vuelve al mundo y al tiempo real, se echa de menos ese momento fotografiado que, en realidad, apenas ha terminado de ocurrir.

Como nosotros mismos, supongo, que estamos casi pensando desde los 25 en un plan de pensiones. Que, al menos en esas fiestas y encuentros que fotografiamos, en esos intentos más o menos burdos de enseñar cuerpo o mirar al infinito –una vez más, de escribir nuestro discurso sobre nosotros mismos–, se nos olvida el panorama general que vivimos. O casi. Sabiendo que, por si fuera poco, somos jóvenes pero que, aunque no sepamos muy bien cómo o nos resistamos a pensarlo más de un segundo, dejaremos de serlo algún día. Y ya lo estamos echando de menos.

lunes, 1 de abril de 2013

La historia de mi vida en las redes sociales: proyección de imágenes, identidad extendida


Las redes sociales no son sólo un lugar de encuentro en el casi resulta impensable no estar, o una forma de hoy de comunicarse. Cada perfil y cada interacción son ya una extensión de la propia identidad.

Lo primero que hay que hacer al llegar a una red social es rellenar los datos: completar un formulario, elegir un nickname, un avatar... definirse, elegir qué nos representa mejor a cada uno. Como si fuera tan fácil. Pero el proceso no acaba aquí: después, el hecho de seguir a cierta gente, aprobar o criticar determinado producto o contenido continúa matizando esa definición.

Origami Shadow Art - Kumi Yamashita
Por si fuera poco, está el contenido propio que cada uno publicamos, ofreciendo nuestro punto de vista. Y sí, puedes hablar sólo de un tema determinado desde una cuenta con tu nombre pero, ¿qué dice eso de ti? ¿Que sólo vives para tu trabajo? Así que muchos hablamos de nuestra vida, de lo que pensamos, de lo que nos interesa, de lo que hacemos. Ya no es definirnos, es crear un discurso sobre uno mismo, narrar poco a poco la historia de la que cada uno de nosotros es el protagonista con mayor o menor legitimidad o interés como para ganarnos ser protagonistas de una historia que merezca ser contada, pero en fin.

Eso lleva, necesariamente, a una estilización en lo que se cuenta, una idealización de la vida de cada uno.

Porque no es suficiente contar que acabas de tomarte un café con Fulano o que acabas de ver tal película. Para que sea interesante –necesitamos que sea interesante para contarlo a los demás y sigan nuestra historia pero… ¿por qué narices sentimos la necesidad de contar algo así?– hay que darle un plus, un valor añadido: declarar que ha sido una maravillosa conversación, sumarte puntos porque Fulano es alguien con cierto prestigio, porque haces una crítica mordaz y original de la película, o quizás simplemente lo haces interesante porque lo cuentas con gracia, independientemente del contenido.

Repítase el ejercicio con cada detalle o pensamiento que se cruce por la mente.

Esto acaba siendo una forma de hacer interesante la propia vida de cada uno, aunque haya que forzar la historia un poco a veces. Interesante para quien lo lea pero también para uno mismo, porque supongo que acabamos recordando las cosas según decidimos contarlas finalmente. Y, como cada historia que se cuente, debe satisfacer unas expectativas, incluidas en este caso, las del propio narrador y, a la vez, protagonista de la historia.

Obviamente, hay niveles dentro de todo esto de profundización y compromiso. Pero me centro en los que me resultan más interesantes.

Eso provoca que cada encuentro tenga necesariamente que ser inolvidable, por unos motivos o por otros, las fotos de tus fiestas dejarán claro que ése y no otro era el momento y el lugar donde había que estar –fotos a las que, además, aplicarás un filtro de Instagram, dotándolas desde el minuto cero de un espíritu de nostalgia, como si ya echaras de menos esa diversión, real o no… aunque ese momento no haya terminado aún–, que tus amistades sean las más verdaderas o las más traicionadas, que cada tristeza o torpeza que confieses busque encontrar la empatía de quien te lea… Cuántas situaciones no se habrían dado jamás si no fuera por el placer de contarlas después. Podrás demostrar, si lo pretendes, que tu vida está llena y, si hace falta, permanecerás en silencio, sin hablar ni contestar, un sábado por la noche aunque estés en casa, y el domingo esperarás a mediodía para dejar caer que quizás te molesta una resaca que, según los baremos de lo que mola, debes tener. Lo que haga falta por ser coherente con tu discurso, con tus expectativas, con lo que quieres recordar de estos días de tu vida.

Aplíquese con los estándares vitales correspondientes.

Sin embargo, a pesar de todo esto, por alguna razón, hacemos un pacto absurdo de sinceridad. Todo el mundo miente, claro, pero aún así, muchos contamos cosas que no diríamos en circunstancias normales. Aquí no hay necesidad de decírselo a nadie en concreto, de importunar a quien sea con un sentimiento atravesado, aunque a cambio seamos capaces de confiárselo a internet entero. Hay una especie de deuda a la hora de contar, de dejar constancia de lo que ha sido hoy tu vida, aunque sea de forma más o menos críptica para la mayoría. Es como si, de no hacerlo, ese discurso sobre nuestras vidas quedase incompleto.

Así, las redes sociales se convierten al mismo tiempo en una forma de estar en el mundo –no estar es toda una declaración de intenciones– y, a la vez, distinguirse de los demás. Debes dejar tu huella o tu visión personal en cada evento que publicas para no ser uno más. Esto fuerza muchas veces no sólo estar informado de lo que ocurre sino, además, tener una opinión o una visión novedosa –¿novedosa? ¿En internet? Ja– sobre lo que sea.

Forman tu marca personal –sí, tiene también nombre en inglés, “personal brand”. Cualquiera que quiera contratarte te buscará y estudiará todo lo publicado sobre ti. Y no sólo en LinkedIn o en otras redes sociales temáticas de empleo. Estando como está el mercado laboral, hay que demostrar más que nunca por qué debes tú ser contratado por encima de los miles que hay como tú. Y, a poder ser, competir con ellos por algo que no sea solamente el precio, porque en estos días siempre habrá alguien que lo hará gratis –o por visibilidad, otra palabra de moda que, por si alguien tenía dudas, no, no da para pagar el alquiler–. No vendemos solamente el triste folio de nuestro curriculum con títulos y habilidades, sino todo un paquete de experiencias y opiniones, además de aportaciones, reputación, influencia sobre los demás… y hay que demostrarlo continuamente.

A la vez, cada interacción que se haga aparte del contenido dice mucho de cada uno. Es prácticamente diplomacia. Cada “me gusta”, cada retuit. Pueden ser sinceros, claro, pero siempre teniendo un ojo en una clasificación, más o menos visible, de quién eres y dónde estás en el mundo. Esto hace perder la perspectiva en ocasiones, estas redes viven mucho de la autorreferencia un chiste en Twitter dice: “tres tuitstars entran en un bar y nadie les invita a nada”, porque además aquí es el ego y el nombre de cada uno lo que está en juego.

De esta forma, se mezclan todo el tiempo lo personal y lo profesional. Hay quien lo tiene muy separado, quien vive en un perfil anónimo o quien tiene dos cuentas de Twitter… pero hay profesiones en las que no es nada fácil. Además, es cierto, es un escaparte para demostrar lo que no daría tiempo en una entrevista de trabajo normal y es bueno aprovecharlo. De modo que se hace necesaria una responsabilidad y un autocontrol que no se pueden descuidar. Porque todo forma parte de tu “personal brand”, de la que no te puedes despegar ni puedes dejar de alimentar. Porque si no, te pierdes en el océano de la mediocridad. Y ninguno estamos dispuestos a eso.